Ejecutaron a Saddam Housein

saddam

Y a Bush…no lo van a ejecutar?

Un interesante relato de Clarin

Saddam Hussein pasó su infancia en Awja, Tikrit, al norte de Bagdad, entre techos y paredes de adobe, en el seno de una familia campesina empobrecida. Para los 9 años, su padre pasó a ser sólo un recuerdo. Fue la influencia de su tío un oficial del Ejército y ferviente batallador por la unidad árabe, la que despertó en un adolescente Saddam el interés por la política. Lo mandó a estudiar a Bagdad y con 19 años, se unió al Partido Baas. Tres años después, ya buscaba asesinar a Abdel Karim Qassem, el dictador que hacía dos había barrido con la monarquía iraquí para encaramarse en el poder.

Herido en una pierna, durante la intentona, huyó a Siria y Egipto. A partir de entonces, siguió el andar de un hombre que no paró hasta conseguirlo todo a cualquier precio. Volvió a su país. Y lo logró.

En 1968, Saddam Hussein participó en el golpe que llevó al Partido Baas al poder, bajo el mando del presidente Ahmad Hassan Al Bakr. Se convirtió en su hombre de confianza, en el hombre fuerte del régimen. Hasta que sólo hubo lugar para un solo. Derrocó a Al Bakr en julio de 1979. Acumuló las funciones de jefe de Estado, secretario general del partido, presidente del Consejo de Mando de la Revolución y jefe supremo del Ejército. No toleró ninguna disidencia, multiplicaba las purgas y enviaba a sus oponentes al exilio o al cementerio. Atacó a sus enemigos con masacres. Usó contra ellos armas químicas. Sembró Irak con fosas comunes. Y plantó su figura en las calles del país en retratos de seis metros de altura.

En 1980, con la venia de la Casa Blanca, atacó a Irán. Tras la guerra de ocho años con un saldo de un millón de muertos y sin triunfadores claros, Saddam no le tembló el pulso en gasear a las poblaciones kurdas del norte iraquí, que se oponían a su régimen. Esa fue otra de sus carnicerías.

En aquellas épocas, Washington alababa a Saddam por cualidades y episodios verosímiles de su gestión. Lo veían como el gran modernizador, el único musulmán de Oriente Medio que fomentaba el alfabetismo e impulsaba el trabajo femenino. Los gerentes de Occidente se restregaban las manos con los contratos que proveían a Bagdad de tecnología para el petróleo. Todos, en fin, descorchaban champaña en su nombre. Como líder musulmán secular, era en efecto un fiel contrapeso al poder creciente de los ayatolás iraníes y su clero conservador, furiosamente antinorteamericano. Es aún recordada una de sus frases de cabecera que definía así su política: “Allí donde hay una persona, hay un problema. Si no hay personas, no hay problemas”.

Pero el inicio del fin comenzó en 1990 cuando invadió Kuwait —una canilla de petróleo para Occidente— bajo el mandato de George Bush padre. Ese tal vez fue su error más grave: con la nueva ambiciosa ofensiva, se puso a Estados Unidos en su contra. Victorioso en una, derrotado en otra, Saddam siempre pudo caer en pie, demostrando habilidades en el arte de la supervivencia. Nunca se había dado por vencido, supo sobrevivir a numerosos atentados e incluso había logrado hacer victorias de derrotas.

Saddam deseaba pasar a la historia como un heroico señor de la guerra. Y realmente, este zar de la violencia, tendrá su lugar en los libros de historia: fue el primer mandatario árabe condenado a muerte en su país por sus crueles actos. Es el corolario de un largo camino que entró en franco descenso, desde que el invasor norteamericano decidió sacarlo del poder en 2003. Hacia principios de ese año, su círculo ya estimaba que los días del líder como tal estaban contados. Tras la caída de Bagdad pasó a la clandestinidad, hasta que los soldados estadounidenses lo encontraron sucio, enflaquecido y abandonado el 13 de diciembre de 2003 en un escondite en una granja de adobe, cercana a su natal Tikrit.

Aunque el ex líder iraquí fue para Estados Unidos un déspota que sojuzgó a su pueblo y una amenaza evidente a la paz mundial, se mantuvo durante años bajo el paraguas de Washington. De eso, por ejemplo, puede dar fe el actual secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, quien lo visitó en Bagdad en 1983 como enviado de Ronald Reagan. Desde que Bush hijo llegó al poder, la propaganda norteamericana ha hecho lo imposible por emparentar a Saddam con el saudita Osama bin Laden, a quien Washington responsabiliza por los atentados del 11 de setiembre. Pero Hussein tiene poco que ver, en verdad, con el integrismo islámico. Su ideología política fue modelada más bien por el socialismo árabe en Siria y Egipto, donde abrevó en el panarabismo revolucionario del líder egipcio Abdel Gamar Nasser. La biografía oficial de Saddam afirma que nació el 28 de abril de 1937. Pero hay dudas. Más bien se cree que llegó al mundo dos años más tarde, en la aldea de al-Awja, en una familia de campesinos pobres. Se sabe, sí, que casi no conoció a su madre y que intimó poco con su padre. No era tampoco un secreto que Saddam se desvivía por la cocina. Uno de sus platos favoritos, y que preparaba a la perfección, era el “tashrib”, a base de pollo con cebollas y limón, recubierto con “shrak”, un tipo delicioso de pan árabe. Precisamente, una prueba del laicismo militante del ex líder iraquí, que desmiente su filiación cercana a los fanáticos islamistas de Bin Laden, sería su aprecio por el vino portugués y el whisky escocés, que bebía naturalmente en dosis moderadas. El islam, se sabe, prohíbe sin disculpas el alcohol.

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